Lourdes Otero

Zapatear

Alguien que me quiere mucho me enseñó hace poco cómo comprar unos zapatos: con los ojos cerrados. Posiblemente sea una de las pocas cosas que haya que comprar sin mirar. Cálzatelos y no te mires al espejo, sólo siente si te maltratan o te acarician. Pueden hacerte caminar feliz y airosa, o amargarte muchos momentos. [...]

Alguien que me quiere mucho me enseñó hace poco cómo comprar unos zapatos: con los ojos cerrados. Posiblemente sea una de las pocas cosas que haya que comprar sin mirar.

Cálzatelos y no te mires al espejo, sólo siente si te maltratan o te acarician. Pueden hacerte caminar feliz y airosa, o amargarte muchos momentos. Camina un rato con ellos para notar cómo te sientes. No te dejes fascinar por su tacón de vértigo, ni por esas minúsculas tiritas que en pocos segundos confundirán tu pie con la piel de una cebra.

Aunque seguro que tampoco te provocan esos comodísimos, que te prometen veinticuatro horas de felicidad, pero… ¡qué feos son!

¿La clave? El equilibrio. Ni demasiado llamativos, ni demasiado discretos. Hay que andar con pisada firme, casi silenciosa, pero dejándose notar. No hay sonido más seductor que el de la aguja del tacón a su paso. Irresistible no seguir con la mirada la música de unos finos tacones.

Yo, personalmente, prefiero prescindir de adornos tales como brillantes y piedras preciosas. Para piedra preciosa yo, y para brillo el de mis ojos (mi abuela murió hace unos años).

Las cuñas están muy de moda y te ahorran mucho dolor al final de la jornada, pero me parecen unas muletas temporales.

¿Y qué decir de los planos? No me seduce estar tan cerca del suelo. Me recuerda a algo así como bajeza o humillación.

 Es difícil tomar una decisión sabia. Cierra los ojos y siéntete cómoda.

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