El gustazo que nos dimos los españoles cuando reconocimos que la “transición” hacia la democracia se hizo en un clima de comprensión cívica, dejando atrás injusticias pasadas y horrores indeseables. Los afanes de convivencia política hicieron superar las lacras de la guerra civil y de la dictadura. Pero hoy volvemos a toparnos, un día sí y otro no, con esa obsesión de algunos por despertar una “memoria histórica” superflua que genera un clima bronco y descalificador que no construye. Parece que se ha instalado en el inquilino de la Moncloa la manía de mirar al pasado y no al futuro. Ha transcurrido el tiempo suficiente para realizar una radiografía a nuestra democracia y con Suárez, con Calvo Sotelo, con González, con Aznar se andaba un camino recto hacia el progreso y el desarrollo económico, para situar a España entre las naciones punteras del mundo. Llegó Zapatero y todo lo enredó. Se empeñó en pasar a la historia por haber propinado a España un frenazo es su desarrollo y enmarañarse en asuntos que dividen justo en el momento en que finalmente los españoles estábamos envuelto en un ambiente de ilusión, expectativas y esperanza en un sistema que garantizaba la convivencia armoniosa de los ciudadanos y apostaba por la prosperidad. Una de las consecuencias de esta política incompresible de Zapatero es haber dado alas a un nacionalismo que se olvida del bien común y antepone los intereses de partido a las exigencias auténticas de la sociedad. La prohibición de las corridas de toros en Cataluña es un ejemplo. No es extraño que la mayoría de los españoles, incluidos los catalanes, piense que la decisión es un acto liberticida, teñido más de razones partidistas que humanitarias. Tampoco nadie se cree que Zapatero arreglará el conflicto abierto por el mismo y que ha terminado en una sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Hay mucho escepticismo porque muchas de estas cuestiones no son exigencias de los ciudadanos, sino de unos pocos que, además, lo hacen con el único objetivo de mantener el poder. Zapatero vive tratando de hacer auténticos encajes de bolillos para ofrecer la impresión de que la cuadratura del círculo es posible en la crisis económica, en la reforma laboral, en el Estatut, en el ajuste del déficit, en el proceso de fusiones de las cajas de ahorro, en la huelga general de finales septiembre, en el mantener o no los superfluos ministerios y el sistema de reparto de cargos entre los socialistas en el poder, etc, etc. Zapatero se ha enredado en su propia madeja y por el bien suyo, y por el de España, esperemos que sea verdad que no volverá a presentarse a la reelección. Esperemos también que en el tiempo que le queda en la Moncloa disminuya la retórica electoral, populista y agresiva y mejore el modo de plantear los problemas reales que tiene España, con soluciones y aplicaciones eficaces, que se deje de contarnos historietas y que construya la Historia. Como decía el austriaco Messner: “La voluntad del pueblo, como voluntad de la mayoría, no puede dar en ningún gobierno, ni siquiera en la democracia, un poder para desvincularse del orden jurídico natural..” La Historia casi siempre hace justicia y sus años de mandatos corren el riesgo de recordarse como años de deterioro ético y político de nuestra democracia.
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La historia y las historietas
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