Hay un trabajo que no se ve -o que no quiere ver-, que no cuenta en los números de la economía del país, que no se paga y que no aparece en las estadísticas. Se llama trabajo doméstico no remunerado, ése que según estudios recientes como el realizado por la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas) sigue siendo ‘propiedad’ de las mujeres. Y es que los datos manejados por el estudio indican que los varones menores de 30 años que viven en pareja dedican un máximo diario de una hora y 55 minutos a las tareas del hogar, mientras que ellas, también trabajadoras fuera de casa, emplean una media de tres horas y 47 minutos en la atención a las labores familiares.
Traducción: las mujeres trabajan en casa casi dos horas diarias más que sus parejas. Una doble jornada que pasa factura, y no económicamente precisamente, a todas y cada una de ellas. Pero que sobre todo pasa factura a aquellas mujeres autónomas que realizan un trabajo profesional arriesgando sus propios recursos económicos y aportando su esfuerzo personal a menudo sin la ayuda de asalariados, y que además lo están haciendo en un entorno económico como el actual. ¿El resultado? El 92,3% de las trabajadoras autónomas denuncian que la crisis económica y la doble jornada laboral son causa de muchas de las sintomatologías que padecen, según un estudio de la Federación Nacional de Asociaciones de Trabajadores Autónomos (ATA).
La doble jornada está haciendo mella. El llevar una sobrecarga dentro y fuera del lugar de trabajo dificulta la estabilidad psicológica de estas mujeres trabajadoras. La sintomatología se somatiza en estados de irritabilidad, apnea, insomnio, tensión muscular, migrañas, trastornos de carácter gastrointestinal, ansiedad e incluso falta de apetencia sexual.
Reducir la carga de trabajo doméstico es una intervención de primer orden para mejorar la salud de las mujeres. Porque las condiciones de seguridad y salud laboral de las trabajadoras autónomas debe sufrir una urgente y drástica reestructuración. La formación, información y asesoramiento directo, deben ser más accesibles y eficaces para el colectivo, como ya apunta ATA. El desconocimiento de los factores de riesgo a los cuales están expuestas en su lugar de trabajo, así como la carga que soportan a nivel físico y mental, está provocando innumerables desequilibrios físicos y psíquicos entre estas mujeres que hoy por hoy constituyen un pilar básico de la economía española desde el momento en el que son las que están resistiendo mejor la crisis. Pero, ¿a costa de qué?








