Durante los últimos meses, hemos visto cómo el debate sobre la energía nuclear ha vuelto a las primeras páginas de los medios, a raíz primero de la decisión del cierre de Garoña y luego de la construcción de un almacén temporal de residuos nucleares de alta actividad en España. Como es habitual en estos casos, han surgido las voces a favor, las voces en contra y se han lanzado argumentos unos a otros no siempre exactos y desde luego casi nunca bienintencionados.
Respecto al cierre de Garoña, no es más que otro capricho ideológico más que nos va a costar mucho dinero a los sufridos contribuyentes, al igual que otros como la apuesta a ultranza por las renovables, especialmente la eólica, que ha llenado los oteros de toda España de molinos de viento, eso sí, a un precio carísimo que estamos pagando a fuerza de tener la energía eléctrica más cara de Europa. Sin menospreciar a las renovables, que deben tener un peso en el total de la energía española, renunciar a la energía nuclear, que es la fuente de electricidad más barata, segura y menos contaminante que existe, es una decisión que resta competitividad a nuestra economía que paga una energía mucha más cara que otros países y que nos hace dependientes de terceros al no ser capaces de producir lo que consumimos.
Más aún, es una verdadera hipocresía cuando compramos a Francia electricidad, procedente en su mayoría de centrales nucleares, y cuando aludimos al supuesto peligro nuclear, como si estuviéramos a salvo de un accidente en Francia o en cualquier otro país. Las tecnologías actuales han convertido a las nucleares en muy seguras, como quedó demostrado en el accidente de Three Mile Island.
Lo ocurrido en Chernobyl fue la consecuencia del uso deliberado de tecnologías obsoletas e inseguras, algo que caracterizó los últimos años de la Unión Soviética. La demagogia en este asunto es tan estúpida como la asociada a las líneas de alta tensión, y que ha condenado a media Gerona a volver a la época de las cavernas por haberse negado los ayuntamientos a la instalación de estas torres.
Respecto al almacén de residuos, cabe decir que la decisión del gobierno es lógica, a la vista del ahorro que supondría disponer de dicho almacén en España, en lugar de enviar nuestros residuos a almacenes de otros países pagando el desorbitado precio que éstos nos piden. Este tipo de instalaciones gozan de los más modernos sistemas de seguridad y son de hecho muy seguras como atestigua la historia de las instalaciones que hay desperdigadas por medio mundo. Además, generan puestos de trabajo y en los tiempos que corren, ahorro y creación de puestos de trabajo son buenos argumentos a favor.
El debate es altamente impopular y no hay gobierno que se arriesgue a perder un voto si no sabe que va ganar dos al mismo tiempo, pero deberíamos replantearnos la continuación de la moratoria nuclear voluntaria e ideológicamente adoptada por uno de los gobiernos de Felipe González. Lo que nos ha costado esta moratoria debe rondar el billón de pesetas y sigue subiendo.
Nuestro consumo energético no hace más que crecer, y no va a disminuir, porque nadie está dispuesto a renunciar a sus comodidades. España no es un país rico que pueda permitirse pagar la electricidad a precios exorbitantes. ¿Recuerdan aquel eslogan de “Si tú puedes pagarla, España no puede”? Pues nunca mejor dicho. Hoy por hoy, no hay alternativa a la nuclear, y aunque hoy mismo decidiéramos montar media docena de centrales, tardarían unos 10 años en estar operativas al 100%. Así que abramos el debate y lleguemos a un acuerdo, digamos la verdad a los españoles y establezcamos un modelo energético donde, sin abandonar la investigación en renovables, especialmente el hidrógeno, abramos un hueco mayor del que tiene aún a la nuclear. Recordando otro conocido eslogan, y parafraseándolo esta vez “¿Nuclear? Sí, gracias”.
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